Respuesta directa
Un formulario de nombre, correo y mensaje te llega vacío de contexto y te obliga a una llamada solo para averiguar de qué va el asunto. Preguntar tres o cuatro cosas más convierte esa consulta en algo que puedes valorar antes de coger el teléfono, y filtra a quien no encaja.
El coste de preguntar poco
Parece que menos campos significan más envíos, y en volumen bruto suele ser cierto. Pero el número de formularios recibidos no es el objetivo: el objetivo son las conversaciones que acaban en trabajo.
Un formulario minimalista produce mensajes del tipo «hola, quería información sobre una web». Eso obliga a responder preguntando, esperar respuesta, volver a preguntar. Dos o tres días para llegar a donde podrías haber empezado.
Y no filtra: recibes por igual a quien tiene un proyecto definido y a quien está mirando por curiosidad.
Las preguntas que casi siempre merecen la pena
Qué tipo de asunto o proyecto es. Una lista de opciones, no un campo libre. Te permite clasificar de un vistazo y al visitante le resulta más fácil que redactar.
En qué situación está. Si ya tiene algo montado, si parte de cero, si hay algo en marcha. Cambia por completo la respuesta.
Qué plazo maneja. Distingue lo urgente de lo que está en fase de exploración, y te permite priorizar sin adivinar.
Cómo prefiere que le contestes y en qué horario. Cuesta un campo y evita el baile de llamadas perdidas.
Las que hay que pensarse dos veces
El presupuesto. Es útil para filtrar, pero mucha gente no lo sabe todavía y se bloquea. Si lo preguntas, mejor por horquillas y con una opción de «necesito orientación», que además te dice algo.
El teléfono obligatorio. Reduce envíos de forma apreciable. Si tu proceso no lo necesita en el primer contacto, déjalo opcional.
La empresa o el sector. Solo si de verdad cambia tu respuesta. Si no, es un campo que resta.
Cualquier dato sensible. No pidas por formulario información de salud, documentación personal ni detalles de un asunto legal. Ni la necesitas para responder, ni ese canal es el sitio.
El principio que lo ordena todo
Cada campo tiene que justificarse ante quien lo rellena. Si un visitante puede preguntarse «¿para qué quiere esto?», o le explicas el motivo o lo quitas.
Ayuda mucho decir qué va a pasar después: quién responde, en cuánto tiempo y desde dónde. Tres líneas bajo el botón reducen el abandono más que cualquier ajuste de diseño.
Es la lógica del estudio de proyecto de esta web: seis preguntas que ordenan la conversación, con la recomendación por delante y el contacto después, no al revés.
Un formulario para cada momento
No todas las páginas deberían tener el mismo formulario.
Alguien que llega desde un artículo está informándose: pedirle una reunión es mucho. Alguien que ha leído la página de servicio y ha llegado abajo está mucho más cerca.
Adaptar la pregunta al momento funciona mejor que repetir el mismo bloque en toda la web. En un artículo, un enlace a la página de servicio suele rendir más que un formulario.
Lo desarrollé al hablar de cuándo merece la pena tener blog: el contenido atrae, la página de servicio convierte, y cada uno necesita su llamada a la acción.
La parte legal, sin improvisar
La casilla de aceptación de la política de privacidad va sin marcar por defecto y es obligatoria. Si quieres además enviar comunicaciones comerciales, esa es otra casilla distinta, separada y opcional.
Conviene tener claro qué datos recoges, dónde acaban, quién los procesa y cuánto tiempo los conservas. Si el formulario lo gestiona un servicio externo, ese proveedor entra en tu política de privacidad. Es una conversación que merece la pena tener con tu asesoría antes de publicar, no después.
Siguiente paso
Si quieres revisar cómo está planteada la captación en tu web, cuéntamelo en el estudio de proyecto.